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Cremoso? preguntó él, escueto y sin rodeos.
Era una tarde de crepúsculo,
El sol derretía mi piel,
mi garganta seca de hojalata,
la lengua tomaba la pesadez de una roca.
Ya sentía la suavidad revolcándose dentro.
Los movimientos bucales trabajando en armonía,
Consumiendo ese pedazo de gloria
Pero mas adelante la lengua entraría en confianza
Y se robaría el protagonismo del acto.
Contorneara su cuerpo en las cercanías de la boca
O incluso en las fronteras de la sierra nasal
Y el rostro será un caos de manteca empegostrada.
Mejor déme uno sin crema, le dije al heladero.
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