viernes, 20 de mayo de 2011

SILENCIO EN LA AUTOPISTA

Tráeme un poco de cal que ahogue las flores cenicientas.
Rásgame los ojos cansados de ver
la escalinata corpórea de los aplausos.
Nunca más hubo un broche dorado
junto a mi ventana.
Ni el niño que corría
con la leche derramada. (Tal vez terminó en aceite)

Muerde mi voz que se empaña en el umbral.
Escúpela en trozos de papel quemado.
Ese fuego siempre aniquiló mis ansias acompasadas.

Soy tinta que debes borrar con un hilito de discordia,
diluir en un remolino de olvido,
secar con un sin fin de coartadas.

Cierne el cañon que suspira inocuo
por el amanecer que se fuga a negro.
Revuelve sus flujos impétigos
y haz que se libere en trayecto inverso.

Silencio en la autopista después de una explosión.






Perderse. Por qué?

Perderse cuando el entorno rebasa las posibilidades de ser, y el día pasa inconsciente entre el no ser y la nada. Fingir. De vez en cuando fingir para salvaguardar juicios. Aparecer a los otros desaparecer para mí. Escatimar las semillas de un árbol que no da frutos, sólo para preservar una fatua esterilidad. Adorno inútil, mueble espectador. Bartebly de poca monta, de ingenio accidental y pies desgastados. Esculpió un camino irisado hacia atrás: llanura inmóvil que antes de ser oceano fue mi casa. Sólo conocía mi sombra y los apetitos que se evaporaban en procesos metalúrgicos. Descubrirme como un vestigio del pasado. Agonizar mientras me enredo en mi propio sollozo. (Dalo por un hecho estético.)